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viernes, 18 de marzo de 2016

Bajá

Bajá, bajá de las alturas.
Descendé a las profundidades menos visitadas, menos buscadas, más olvidadas.
Bien al fondo, hundido, escondido estás vos.
Y si cuando llegás al fondo no te encontrás, entonces agarrá la pala y cavá, cavá bien profundo
llorá.
En la más grande oscuridad, en la más grande soledad
sólo allí te vas a encontrar.
Y cuando subas, de un salto magnífico hacia alturas que nunca antes alcanzaste
todos conocerán por fin quién sos.
Pero luego, recordá
no te quedes mucho tiempo, bajá.

jueves, 17 de marzo de 2016

Expreso

En mi travesía por aquellas tierras olvidadas tomo un extraño vehículo que transportaba la gente entre diferentes comunidades. Al llegar al punto en el que todos subían, advierto un manto de tierra sobre su chapa gastada y las ventanas con las cortinas corridas. Intento descifrar su destino, pero es ilegible.

Con dudas, pregunto si es el que debía tomar. Hablo con claridad como para que los locales me comprendan. Un par de personas se quedan mirándome fijamente sin decir palabra. Ninguno entre todos los que suben lentamente y pagan su boleto al conductor emite sonido. Alguien asiente con la cabeza y señalando con el dedo hacia una escritura tapada por la mugre me indica que tiene aire acondicionado.

Al ascender, casi última en la fila, el gran vehículo arranca estrepitosamente la marcha, zangoloteándose entre los pozos del viejo camino, y echándonos a los que estamos parados en la escalera hacia un lado y otro. Mientras acelera, un pasajero corriendo a la par de la bestia móvil alcanza a subirse tomándose fuertemente de la baranda de la puerta, mientras apoya un pie en el escalón y otro continúa en el aire, al ritmo de la vieja carcaza.

Ya en mi asiento, el vaivén se acrecienta a medida que esquivamos bicicletas, motos, gente caminando en la calle. Las cortinas están completamente corridas porque están cosidas en la baranda superior de las ventanas. Algunos las abren, porque el aire acondicionado no funciona, y al hacerlo el viento y la tierra embolsa en la cortina, azotando a los pasajeros sentados contra las ventanas.

Los aromas son de los más variados, dulce, picante, sudor fuerte, perfume barato ocasionalmente. El ruido del andar del viejo ómnibus sólo es superado por algún llanto de algún bebé que ninguna madre intenta acallar. Las conversaciones en dialectos incomprensibles aparecen en el horizonte sonoro entre las frenadas y el quejar de mis tripas, que amenazan con lanzar su jugoso contenido en sentido ascendente.

La tierra entra por ventanas y puertas abiertas, cubriendo los asientos vacíos, que estimulan la creatividad de algún niño que dibuja sobre ellos en la tierra, mira su dedo lleno de tierra al finalizar y luego se saca los mocos.

Finalmente creo llegar a destino, pero no tengo fuerzas para consultar a nadie. Debo bajarme de este carromato infernal del tercer mundo.

Presiono el timbre de la puerta del fondo, pero la estridencia de las chapas y el motor impiden cerciorarme que haya sonado. Al acercarnos a la parada y notar que el chofer no disminuye la marcha, lo presiono con más fuerza. No funciona, me riñe alguien. Tengo que gritarle al chofer que se detenga, de otro modo no sabrá que debo descender.

Al bajar la escalera gastada, un tsunami de tierra me inunda. Tambaleo al pisar tierra firme. El vehículo tercermundista se aleja a toda marcha.