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jueves, 9 de octubre de 2014

Felipe a las 17 y 17.

Feli es un flaco que nació gordo chancho. Un rubio nacido morochazo.

Vino al mundo para enseñarme que no confíe en las certezas y para metamorfosearse cuando se le dé la gana. Ya entendí que siempre será así.

Un día a principios de 2009 anunció que sabía leer, y desde entonces sus ojitos son como una locomotora sin frenos en bajada, recorriendo cada vez más kilómetros de letra impresa cada vez más rápidamente.

De tanto en tanto, usualmente luego de algún cagadón histórico, me lanza esas miradas de comprensión profunda de su ser y de la necesidad de autocontrol, esa necesidad más mía que suya en la que me obstino en que trabaje. 

En esos momentos, cuando su inteligencia descomunal se asoma totalmente desnuda, luego de haber puesto mi amor de madre en jaque porque me llevó al límite de no soportarlo más, no puedo evitar sorprenderme, esperanzarme, confiar en él, admirarlo, volver a amarlo. 

Criarlo es un desafío. Me pone en una ruleta rusa emocional en la cual en un momento lo amo y en otro lo quiero matar. Me avergüenza cuando hiere y me llena de orgullo cuando crea. 

Su creatividad va conquistando las artes de a una, y un día, luego que acabe con todas, se inventará una nueva.

Tengo que trabajar en reírme más con él, retarlo menos, disfrutarlo más, bailar más sus canciones locas, o al menos intentar seguir su coreografía.

Me cansé de retar, castigar, disciplinar, me cansé de la mamá de acero. Nada puede ser más importante que darle mi ejemplo.

Tengo un hijo artista y lo voy disfrutar. 

ok?