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viernes, 19 de septiembre de 2014

Qué traje del viaje

Foto Vicente Maidana | vmfotos.com
Esta mañana abrí la valija.

Una estampida de mariposas amarillas y blancas me acarició violentamente el rostro y voló fuera por la ventana de mi dormitorio por el que entraba el sonido del voceo de un comprador de cosas viejas.

Al volver a la valija, un cangrejo azul se asomaba entre los pliegues de un pareo violeta con espejitos, desapareciendo contra el malecón de la valija y ahogándose en el mar bravo del piso del dormitorio.

Las olas comenzaron a subir estrepitosamente en una canción con manos con pulseras y rulos enredados. Hurgando, encontré el ron, el café, los magnetos, los sombreros, pero algunas muñecas no sobrevivieron.

Pegué los pedazos pero quedaron marcas imposibles de camuflar. Como todas las marcas.

Cerré la ventana, ya el comprador de cosas viejas se había ido, pero la bandada de mariposas continuaba dando vueltas.
Yo creía que sólo vivían un día, pero no estas. Estas no.

Si me preguntan qué traje, les diré que todo lo que traje no lo puse en la valija.

Traje el sueño hecho vida, la risa escuchada bajo el agua, el sol tapado por una nube mientras flotaba en Bayahibe, el dolor en las piernas del caminar hacia arriba y hacia abajo por las calles desafiantes de Santo Domingo, una voz de soprano de todos colores con letra de carne y sexo, la sal del sudor barrido por el temporal, las zapatillas mojadas, las tardes de vikingos, la medianoche del cibao en ruta, la biopic que no grabé, el concierto de guitarra sólo para mi, las charlas mudas, las charlas susurrantes, las charlas volcánicas.

Traje lo mejor que hay que traer, eso de ninguna manera entra en una valija. Y si entrara jamás lo llevaría en algo tan lejano a mi corazón.