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sábado, 31 de agosto de 2013

Algunos no crecen y otros crecen demasiado

Hay gente que no crece. Hay otros que sí, aunque no siempre sea evidente.

Los que no crecen no tienen luz suficiente, viven porque tienen tierra, abono y agua, pero tristemente, sin colorido ni proyección ni aspiración a buscar el sol.

Otros crecen pero son enanos a fuerza de resistirse al abono, agua y tierra que los reta a extender sus ramas, sus raíces.

¿Para qué quiero ramas, para qué quiero raíces?

¿Quién puede querer raíces cuando las raíces sólo le impiden continuar?

Te aseguro que hay una tropilla de bonsáis aventureros que sabrán comprender lo que digo. Los más enraizados podrán criticarles, pero apuesto a que muchos de ellos desearían una buena podada y echarse a andar.

Algunos pueden crecer tanto que matan al resto.


¿Acaso no es un arte mantenerse pequeño?

viernes, 30 de agosto de 2013

Minimicé el momento
ensoberbecí mi memoria

y el poema se fue.

domingo, 18 de agosto de 2013

Muere el día tras las islas-
el caballo bebe el río indiferente
coloreado de sol y ya no.

martes, 13 de agosto de 2013

Hay gente que no se baña

Hay gente que no se baña, cualquiera sea la estación del baño. A esta altura del partido empiezo a creer que es algo cultural, porque no me refiero a la gente sin techo que vive en la calle, los perdidos mentales, por la causa que fuere.

Me refiero a la gente vestida como yo en el ómnibus un martes a las 15 hs, en el tren una mañana cualquiera, mirando los productos en la góndola de los lácteos, haciendo fila para renovar el carnet de conducir.

Cebolla, grasa de vaca, ácido y dulce, en una mezcla de agrio y rancio brotando de la piel.

Más allá de los problemas de salud y piel que no quiero si quiera imaginar, porque se retuerce la nariz de solo pensarlo, no creo que sea el peor defecto que una persona pueda tener. Quizás el maloliente sentado detrás de mí en este momento sea un marido esforzado, un padre tierno, un amigo que alivia las penas. O la hedionda del asiento de al lado sea una joven servicial y cálida que ofrece su tiempo desinteresadamente a curar niños enfermos.


La verdad no sé quién es el oloroso, porque el vaho es tan globalizado que me embriaga y mis párpados caen, me resulta imposible no dormirme, pensando en que quizás el olor venga de mi asiento, que tomé hace un instante, y que el desgraciado mugriento que acaba de descender y dejarme el lugar me esté haciendo quedar a mí como la fétida compañera de viaje.