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martes, 24 de julio de 2012

Clase de historia del arte fallida.


En nuestra visita al museo El Prado, nos detuvimos frente a El Jardín de las Delicias, el famoso tríptico de El Bosco. 

Los niños miraban las escenas en la tabla central con suspicacia. Es el mundo del pecado, todas las personas que no se comportan como es debido, les dije


Felipe me miró de reojo, quizás porque se sintió identificado. ¿Y las tablas de los costados?

Mi mente no adiestrada en cursos del arte buscaba respuestas. Intuyendo aunque dudando de la comprensión acertada del carácter moralista de la obra y aprovechando la ocasión para aleccionar a los niños sobre las consecuencias de sus actos, les dije que a la izquierda estaba el paraíso y a la derecha el infierno.
Ambos a la misma distancia de las personas en la tabla del medio, si estas se corrigen en su accionar, podrían acceder al paraíso. En caso contrario, irían al infierno.

Claro, dijo Malena y me miró asintiendo con la sonrisa triunfante de una niña con pocos castigos en su haber. Felipe miró un instante más la obra y al darse vuelta me dijo con rostro serio.

Sí, pero ¿viste que en el infierno está lleno de gente y en el paraíso hay sólo tres personas?

Malena le azotó una respuesta censuradora inmediatamente. Yo tuve que darles la espalda para que no me vean aguantarme la risa.

domingo, 22 de julio de 2012

beso tu piel flor de jabón
temblorosa
al motor de los ronquidos

miércoles, 4 de julio de 2012

La vergüenza de un país


Hoy mis efectos personales se reducen a una denuncia policial y unos billetes que me dio mi pareja. Ayer, vestida de harto uniforme de pantalón gris y pullover negro, era una trabajadora ordinaria que recién concluía su jornada laboral.

No lucía joya alguna, ni anillo, pulsera, aros, collar, absolutamente nada. No llevaba artículo de moda, cartera llamativa, todo lo contrario, llevaba cruzado el tradicional bolso promocional de lona azul de un congreso al que asistí el año pasado. En su interior, objetos invaluables para mí, irrepetibles, sencillamente únicos, tan poca cosa para cualquiera que no oso mencionarlos.

También llevaba el celular de la empresa y el mío, tickets de descuento de la tienda favorita de mi hija, fotos, tarjetas personales de gente a la que conocí en los últimos tiempos, además por supuesto de la billetera con documentación completa.

Cuando era chica nunca daba valor a los objetos materiales, hasta que aprendí que sí tienen un valor; el simbólico, porque todo objeto representa una realidad, un momento, una persona. algo.

Un niño por quien el estado paga a su madre una suma en concepto de asignación por hijo en concepto de absolutamente nada, con dinero tomado del fondo de jubilados me asaltó arma en mano. Me resistí, luego vi el arma, fin de la historia.

Todos me consuelan diciendo que no fue nada, que lo más importante es que estoy bien de salud. Es decir, que no me hirió, que no me mató.

Tengo que conformarme por no estar herida o muerta, pero no puedo, porque ese niño armado me arrebató de mi identidad literal y culturalmente, porque no puedo evitar sentir vergüenza por un país en llamas que sólo tiene una culpable.

Mi hermano y su familia viven en el exterior. Ellos extrañan, naturalmente, estar con su gente querida. Pero el precio es altísimo.

Los episodios de delincuencia se suceden a una velocidad abrumadora, se acercan a nuestras vidas, tanto que tarde o temprano nos ocurre a nosotros mismos, es una realidad inexorable que vivimos. 

Qué vergüenza ser argentino.