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sábado, 14 de abril de 2012

El idilio

Mi vida es mi ombligo. Mi ombligo es mi vida, no hay nada más.

La gente habla, pero el eco de mis pensamientos, de las palabras en mi mente es más veloz, más poderoso y relevante.
La gente pasa, pero mi sombra me atrapa, me hechiza; es un juego fascinante. Tal como mis pasos en la acera, el ritmo de mis pies es magnífico, no se compara con mirar hacia el cielo.

Mi vida es sensacional. Cada día me descubro más y me asombro ante la maravilla de mis cualidades, reacciones, de mis pensamientos; todo es tan excitante. No encuentro par que logre deslumbrarme como lo hago yo.

Sí, mi vida es mi ombligo, pero es un ombligo espléndido. Es que causo sensación en los demás. Soy tan estupenda que no hay quien no se enamore de mí. Soy exactamente lo que yo esperaría de otro que sea.

Y ni hablar de mis logros, porque son la consecuencia obvia de mi impresionante desempeño en todo lo que emprendo, sumado a mi carisma, simpatía, chispa, encanto.

Es obvio que sucesos maravillosos ocurran en mi vida: yo merezco el éxito. Quien no lo logra, es porque no tiene como yo lo que se debe tener, porque no hace como yo lo que se debe hacer, porque no provoca como yo lo que es necesario provocar en los otros.

Los vulgares atribuyen el éxito ajeno a la suerte. No siento pena por ellos, porque cada uno cosecha lo que siembra.

En mi ombligo encontré un camino serpenteante hacia mi interior. Recorrerlo es el viaje más extraordinario que alguien puede emprender.

Me siento plena y radiante, la dicha es mía, porque vivo el romance más ardiente de mi vida.