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lunes, 21 de noviembre de 2011

mi agenda

momentos sin agendar
como un otoño entre las hojas de mi agenda
tickets, collages, flyers, tarjetas

Agenda semanal con reflexiones
leídas al azar
mandalas sin terminar

Te quiero gorda
de poemas desarticulados en días vacíos

Dejame hacer un garabato
dame un hueco
para escribir una lista con mis
verbos y adjetivos favoritos

Sos mi disco externo
mi backup de vida

por si algún día pierdo la memoria

por si alguna vez decido reconstruir
como una primavera
las hojas caídas

por si decido construir y descubrirme
entre las listas, las palabras, las facturas.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Vu



Conocí a Vu una tarde de un día de invierno tan helado que ni siquiera las nubes habían salido a cobijar al cielo, mucho menos al sol, que cansado de esfuerzos en vano, decidió ahogarse tras la isla Gorriti.

Yo no estaba segura de qué hacer, tenía dudas. No había ido para hacerlo, sino para imaginarme haciéndolo y sentir cómo me sentiría.

En eso estaba yo, con los ojos cerrados, concentrada en lo mío, cuando sentí su mano mojada en mi pantorrilla. Abrí los ojos, la miré, me quedé mirándola. Ella me observaba impávida, sin parpadear ni sonreír. Salió del agua, acomodó su cola y se sentó, seguía mirándome sin sonreír.

Hola le dije, me sentí torpe. Dudé por un instante que hablara, o que escuchara, dudé por un instante que estuviera ocurriendo en realidad, que ella estuviera allí o me lo estuviera imaginando todo.

Mejor me voy, antes que me convenza que estoy totalmente loca, quizás me haya bajado el azúcar y estoy desvariando, me dije. Tomé mi mochila, me la colgué de un hombro y di media vuelta. No miré atrás. Me fui.

No volví más al puerto.

Se me habían ido todas las ganas de hacerlo. Me había asustado pensar que podría estar loca. Quería morir, aunque me molestaba pensar que quizás quisiera morir porque estaba loca. Si me mataba no era porque estaba loca, si me mataba era porque quería morirme, pero cuerda, no loca.

Por primera vez sentí vergüenza ante la posibilidad que estuviera loca. Me dio vergüenza que me muriera y que todos pensaran que me había muerto porque estaba loca y entonces les diera lástima que estuviera loca, no que me hubiera muerto.

Prefería no morirme antes que estar loca. No volvería más a la península.

Unos meses después soñé con ella.

Ya estaba otra vez trabajando en el banco, el médico me había dicho que me dejara de joder que no tenía nada y me había dado de alta. Yo quería estar enferma, muy enferma, por estar enferma no más, no por no querer ir a trabajar. Me reintegré al banco, no tuve opción, porque no estaba enferma.

Soñé con ella un miércoles. Ya era primavera, las hortensias habían florecido.

Estábamos sentadas en el porche, ella no tenía cola, tomábamos mate. No hablábamos.

Pero el cagaso groso me lo pegué un día que se presentó en el banco. Sin la menor señal de cola, caminando lo más campante, con tacos y trajecito, esperando su turno para pedir un crédito. La reconocí al toque, no podía ser otra. Ella no me miraba.

Yo estaba atendiendo a un tipo que había perdido la tarjeta de débito, pero desde el momento que la vi no podía sacarle los ojos de encima. Se levantó cuando le tocó el turno, iba caminando hacia el box de un compañero. Dejé al tipo en mi escritorio solo, vengo en un segundo, le dije, y fui tras ella.

Qué estás haciendo, Verónica, me dije. Fui tras ella y le toqué el hombro antes que se sentara en el box. Giró hacia mí, le dije hola, ella no esbozó la más mínima expresión. Me quedé ahí quieta, ella giró nuevamente dándome la espalda y se sentó frente a mi compañero, quien comenzó a ofrecerle los servicios del banco como si nada hubiera ocurrido.

Qué estúpida y papelonera soy, me dije. Estaba colorada de la vergüenza, pero nadie parecía haber notado lo que acababa de hacer.

Esa tarde cuando salí del banco me fui a la península. Estaba enojada, no sé con quién, si conmigo por ser tan idiota, o con Vu por no hablarme y simular que no me conocía. Ahora aparecé, pendeja, grité cuando llegué al muelle donde la había conocido.

Había una pareja paseando en el puerto esperando la puesta de sol. No me importó que me escucharan o vieran. Vu no apareció. Entonces decidí hacerlo. Tiré la cartera con rabia hacia atrás, no sé dónde cayó. Me até un par de piedras a los tobillos y me tiré.

Cuando llegué al fondo, allí estaba la muy perra, riendo a carcajadas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La cabaña de Vu

La cabaña de Vu se asomaba entre los pinos más altos. Si la observabas a la distancia, un poco oscilaba.

Tenía nueve pisos, ligeramente más pequeños cada vez, pero no como una casita de naipes, sino en vertical, como una colección de cabañitas una arriba de otra que formaba una inmensa torre sobre la cabaña de abajo.

Dicen que la construyó ella misma en más de cincuenta años. Dicen que vivía con una niña que vivía en la parte más alta, pero nadie nunca la había visto. Dicen que el padre de Vu había construido la cabaña original, y que luego ella comenzó con la construcción de la torre cuando él se fue.

Cuando nevaba, la casa de Vu parecía transparente, ya que las paredes estaban casi totalmente cubiertas de vidrio.

Los días de sol se la veía recorriendo de abajo a arriba la casa. Claro que para hacerlo se necesitaba estar en la ladera del cerro con binoculares potentes.

El padre de Vu era un doctor. Dicen que fue al bosque con Vu porque ella necesitaba respirar aire puro, quizás antes estuviera enferma. Dicen que la madre de Vu había muerto cuando ella nació.

Una vez Vu fue la mejor amiga de mi madre en la escuela. Eran inseparables, hasta que ella un día comenzó a alejarse de mamá y de los demás niños del pueblo. Eso fue cuando empezaron con las historias de la niña.

Ella era el personaje de cuentos de terror en las noches de fogatas de los niños. Nadie la había visto, pero dicen que era niña desde que Vu era niña. Dicen que la niña no era de este mundo.

La última vez que vi a Vu, fue en la primavera anterior a que falleciera, comprando artículos de limpieza en el pueblo. Estaba muy anciana, le ofrecí llevarla en mi camioneta, pero con una sonrisa me dijo que prefería caminar.

Llevaba la mercadería en una carretilla. Un ave con el pecho rojo seguía su paso lento hacia el bosque. Quedé mirándola hasta que la perdí de vista.

Pasaron varios meses hasta que en el pueblo supimos que Vu había fallecido. Lo descubrieron unos cazadores, quienes habían llevado unos perros que estaban totalmente fuera de control.

Aullaban, giraban como cachorros jugando con su cola, se revolcaban en la nieve, hasta que repentinamente huyeron entre los pinos en la dirección a la cabaña de Vu.
Allí, los cazadores encontraron a una niña que sólo vestía un camisón mientras tocaba una pequeña flauta sentada en una mecedora bajo la nieve frente a la puerta de la cabaña.

Los cazadores inmediatamente se quitaron sus abrigos y con ellos abrazaron a la niña. Tenía los pies violáceos del frío. Ella sólo los miró y les dijo que Vu se había ido. Ellos no supieron qué preguntarle y ella no dijo más nada.
Llevaron a la niña al hospital.

Dicen que estaban todos aterrados ante su presencia. Era una leyenda siniestra en carne y hueso que había alimentado la imaginación de generaciones de niños. No importaba que esos niños ahora fueran médicos y enfermeras.
La presencia de la niña de Vu allí en el hospital no era buena.

Dicen que la niña les pidió retirarse, porque salvo por la tristeza de que Vu ya no estaba, no había nada malo en su salud.

Dicen que la dejaron ir, pero que un policía la acompañó hasta la cabaña con el fin de preguntarle dónde había enterrado a Vu y cómo había muerto. Pero dicen que no obtuvo respuesta.

Dicen que la niña lo invitó a tomar el té y que el policía aceptó, y que mientras ella hacía el té, él vió una foto de Vu con unos quince o dieciséis años, su padre y la niña con exactamente el mismo aspecto que tenía en ese momento.
Dicen que la niña al verlo con la foto en la mano le indicó que esa había sido su familia más amada.

Él comprendió la extrañeza y anormalidad del asunto, pero sin embargo dicen que su curiosidad fue mayor, y luego de tomar el té le pidió que le mostrara la cabaña.

Allí encontró que en cada piso había un jardín diferente, una huerta, gallinas ponedoras, un viñedo, un pequeño rebaño de ovejas, un trigal, una comunidad de aves, una vieja vaca lechera. Los últimos dos pisos era los más pequeños, el anteúltimo era el dormitorio de Vu y el más alto el de la niña, tal como indicaba la leyenda.

Dicen que el policía ese día regresó al pueblo, pero que al otro día volvió a la cabaña. Dicen que en una mezcla de pena, protección y degeneración, el hombre se enamoró de la extraña niña.
Lo único que se sabe a ciencia cierta es que nunca más volvió al pueblo.

Un día una avalancha destruyó la casa de Vu, cambiando el paisaje del valle para siempre. Desde entonces, la leyenda de Vu y la niña se volvió aún más misteriosa.

Para aquéllos que dudan de lo que una vez existió allí guardo esta foto.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Manifiesto

Intolerante
de la recurrencia, la idiotez y el exceso,
la más soberbia de los soberbios,
la más astuta de los astutos,
la más estúpida entre las estúpidas,
irritable,
desconfiada,
abrumadora en la retórica,
acaparadora de atención,
seductora con la simpatía,
antipática y malhumorada
en el hogar,
exigente hasta la última gota
de sangre propia y ajena.

Sólo quiero
un pueblo blanco
que mire a un glacis
y a un escuadrón
de olivos ladera abajo,
una lubina en el horno
con perejil, limón, oliva
y una estrella a punto de estallar
en el freezer.

Quiero
una picada antes de ir a la playa
en el parque del jardín
bajo las sombrillas azules,
los pies hincando el césped
recién regado,
los chicos
cantando en las hamacas anarajadas.
Salame, mortadela, queso y el asado de anoche.
Cigarras y cotorras en los pinos.

Sólo quiero
inventarte una canción
bajo la sombra del palo borracho
un día a la siesta.

Quiero entregarte
una parte de mi mundo
de letras con puntillo
cada noche, antes de ir a dormir.

Quiero que escribamos
un haiku afilado
mojado por la lluvia
o muerto de sed
que parta al medio cada instante.

Quiero
una trenza en el aire
de jacarandá y lapacho
entre la nieve de espículas.
Quiero
que la primavera nos lleve a una mesa
en los jardines de Hildegarda,
cantemos
que nos llaman el caburé
y que el pescado no nos engañe,
aunque sí el tiempo,
que mientras corra el vino
burle al mediodía.

Sólo quiero
la brisa de la noche
que lleva el aroma sincopado
de madreselva y clarinete hacia el Paraná,
desde un túnel bajo las escalinatas.

Quiero que seas mi transbordador espacial
Quiero que te subas al mío
Quiero que despeguemos ya.

Te ofrezco un voucher por
mi voz en cátedra abierta
la última metáfora de una idea
las brasas de los planes realizados
y los que nunca pienso realizar
las marcas del horno
del aceite
las lágrimas de las cebollas
un mate dulce bien lavado
un tereré con limón
el léxico para la gilada
la elocuencia para la academia
un poema mutante para los que amo
un collage de Stravinsky y Ginastera
una canción de Joaquín Rodrigo
un puzzle de Van Gogh
el personaje maligno de un cuento
o un héroe sin fortuna
un plan para abandonar la civilización
una planta desfallecida en mi única maceta
una idea de último momento
un portal
hacia el universo de los sueños
un clipping de prensa
sobre la humanidad
un camión tanque con proyectos explosivos
una antena parabólica
para mensajes en la noosfera
una teoría que nadie apoyará
una explicación intuitiva sobre la ciencia
un cartel de obreros trabajando
sobre mi asiento en el expreso por autopista.

Lo que quede sin decir
cabrá en el aire de la flauta
en un frullatto entre mis dientes.