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viernes, 28 de mayo de 2010

La mucampañera perfecta

Una mucampañera bellantosa e inteligentúpida, mezcla de arroz con pollo y la sexta posición del elástico en el recreo largo de la escuela, caminaba revoleando la bolsa ecológica vacía del supermercado. Ella sabía que era la mucampañera perfecta y que su inteligentupidez no era un problema, sino un arma secreta insuperable. Que fuera bellantosa, era algo sin importancia.

Extrajo un pañuelo hecho un bollo del bolsillo de su campera de polar verde y se sonó la nariz. Las mañanas le daban una alergia extraña. Extraña alergia a las mañanas que sólo aparecía en las mañanas ordinarias, nunca en las mañanas extrañas, como aquella en la que Víctor tuvo el accidente en la moto y terminó en el hospital, donde conoció al despertador de las mariposas dormidas, el Gran Mundiocre. Esa mañana extraña, no tuvo alergia de mañana, quizás porque la alergia le tiene terror a los momentos cardinales. Por eso, ante un abismo trascendental, como aquél en el hospital con el Gran Mundiocre, la extraña alergia mete la cola entre las patas y desaparece como si el mismísimo Hombre de la Bolsa en persona amenazara con meterla adentro por molesta y llevarla al mar de los remedios y los jarabes donde todas las alergias desaparecen ni bien lo huelen.

Posiblemente él no fuera más que un hombre servil y mundiocre, pero era él. Estaba segura de ello.

En el supermercado del barrio, saludó a la cajera con una sonrisa, se limpió las botas mojadas en el trapo de piso de la entrada y se dirigió pausadamente hacia el sector de lácteos. Se había quedado sin yogur bebible, el que toma el Gran Mundiocre con cereales sin azúcar. Decidió llevar algunas cosas más que no tenía pensado llevar, pagó con la tarjeta de débito que le dio el Mundiocre, puso todo en la bolsa ecológica y se fue.

De vuelta en la vereda, el aire fresco de la lluvia de otoño recién caída volaba hojas secas bajo los árboles. Abrió la puerta de su casa tirando de la puerta hacia sí misma, cerró con llave al entrar y apoyó las llaves en la mesita con la foto del día de su boda. El Mundiocre ya había despertado y estaba en piyama y pantuflas mirando las noticias del sábado a la mañana en la televisión: nada nuevo.

Ella le preparó el yogur con cereales en un tazón con la letra M, lo besó delicadamente en los labios y le sirvió el tazón sobre un individual en la mesita ratona. Él no retiró la vista del televisor. Ella estornudó.

–Estás con alergia –dijo él sin mirarla. Ella sonrió.

lunes, 17 de mayo de 2010

Nunca más

Nunca más
deambular por pasillos
vestida con las dudas más modernas
correr hacia todos los caminos
sin arribar
sin encontrar
con la nariz muerta y sin sentido.

Ya no más
la burla del ego de los resortes
la sombra de las hienas en las copas.

Perdón, aceptación
ellos son la marea que barre
la vergüenza del olor
ellos son la caricia sobre la piedra
arrepentida que llora
musgo, liquen y mejillón.