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miércoles, 24 de marzo de 2010

Rosario, lunes



La lluvia hostiga las torres, como misiles contra sus persianas de chapa bordó cerradas. Sánchez de Thomson, ahogada, se confunde con las veredas. Una niña y su madre, con las zapatillas en una mano y el paraguas en la otra, intentan llegar a alguna orilla. La barca se detiene en Grandoli, mientras las olas de la estela que deja por detrás chocan contra las paredes de las torres y la gente se apresura a cerrar sus paraguas y subir. Sí, horrible mañana de lunes, estamos todos de acuerdo.

No clasificamos la basura, es evidente por el olor a descomposición que emana del guiso en los contenedores que aguardan desde hace días ser vaciados. El sábado a la madrugada mataron a un recolector y desde entonces están de paro.

En la vidriera de la villa, algunos comerciantes ya abrieron sus negocios. Tazas y llantas de origen dudoso se exponen para la venta. Por los angostos pasillos del laberinto, niños con guardapolvos y paraguas a medio abrir corren hacia la salida.

Los amortiguadores del ómnibus dan el primer concierto de la semana en la cartelera de espectáculos de la ciudad.

La Vigil incribe a un taller de literatura para niños y la Saulo Benavente albergará a una compañía de danzas españolas este jueves a la noche. Algunos leen los carteles, algunos duermen, algunos están ausentes.

Desde un celular con altoparlantes de alguien sin auriculares, un reggaetón se ofrece sin posibilidad de rechazarlo para todo el colectivo.

Un hombre con jean verde seco, remera camuflada, boina e insignia en el brazo sube al ómnibus. Pareciera que sigue combatiendo, aunque ya no para matar, sino para no morir. Entrega papelitos a la gente sin pronunciar palabra alguna hasta llegar a la fila de asientos del fondo. Vuelve al frente -del colectivo, porque al otro no volverá jamás-, cruza algún comentario con el chofer y recoge las escasas monedas, los papeles con excusas, las miradas esquivas. Una señora mayor le dice algo, él responde amablemente y se despide.

Como una nave hacia Júpiter que atraviesa un cinturón de asteroides, cruzamos San Martín y su caterva de taxis, gente, muchos más ómnibus mucho más ruidosos, comercio vertiginoso, que queda atrás en la parada de los hospitales. El chofer mira hacia la izquierda un instante, algo recuerda. La lluvia está calmando su vehemencia.

“¡Alguien por favor que le dé un asiento a la señora!”, reclama el chofer. La embarazada inserta la tarjeta magnética y le agradece. Una joven le ofrece su lugar y sin sonrisas ni de nadas se dirige hacia el fondo con su MP3 y su carpeta en brazos. Un joven la mira mientras ella se acerca hacia donde él está sentado. Ella desea que él le dé su asiento; él desea que ella se siente en sus rodillas. Ella sabe que él la mira, pero lo ignora.

El reggaetón se desvanece. Un par de jóvenes con las capuchas sobre sus gorras descienden. Una señora canosa agradece a Dios (como si Él hubiera hecho algo), la otra que está a su lado asiente, alguien sonríe. La joven se sienta al lado del joven, que continúa mirándola. Ella lo mira, lo insulta con la mirada, lo rebaja, él sonríe y le mira las piernas salpicadas con barro en los tobillos. Ella mira al frente, indiferente. Tiene listo un puñetazo en la mano izquierda.

“Insolentes, esta juventud está perdida. ¿Qué se creen, que nos tenemos que aguantar esa porquería que escuchan?” dice la mujer canosa.
“Con esas capuchas, encima. Parecen delincuentes” le responde la otra.
“¡Y vaya a saber si no lo son!” dice la canosa. Ambas se quedan pensativas.

En la Plaza Sarmiento las mujeres descienden, sin abrir sus paraguas. Se van de compras por calle San Luis. Los puestos de libros usados están siendo armados sin apuro después de la lluvia. Algunas gitanas deambulan vendiendo sus chucherías.

Un joven abre el bolsillo pequeño de la mochila de un hombre mayor de pie en el pasillo del ómnibus. Al verlo, una mujer grita, advirtiéndole al hombre que le están robando. Ambos la miran, el joven le explica que es el hijo del señor. Ella se ruboriza, ante el ridículo, explica que a ella le han robado con anterioridad y nadie se lo advirtió. Se queja de la gente que no interviene al presenciar un acto delictivo. No puede disimular su vergüenza. El chofer la mira con una sonrisa, ella baja la mirada.

La peatonal es otro cinturón de asteroides, pero asteroides de traje, tacos, peinados de peluquería, botas lustradas por profesionales, periódicos en idiomas extranjeros, soja, trigo, maíz, dólares, euros, futuros tentadores y opciones inverosímiles, acciones, inercias, marcas, fantasía, exceso, goce, conspicua voluptuosidad.

La nave se abre paso entre los taxis, el sol acaricia las nubes tímidamente sobre terrazas y cúpulas, entre antenas y cables, mientras debajo, en la tierra, los bares se llenan de cortados en jarrita, medias lunas dulces y saladas, La Capital y Olé.

“Sos un desubicado, pibe” espeta la joven mientras toca timbre para descender. Él intenta decir algo, pero se queda con la boca sin cerrar y una sonrisa de un lado. Unas señoras cuchichean, pero él no las registra.

En el Patio de la Madera, una Feria de Algo está por ser inaugurada. El restaurante de comida rápida anuncia su promoción de desayunos y espera un milagro cultural. La Terminal los observa desde lo alto, sabedora de historias, testigo de triunfos y fracasos, conocedora. Bulliciosa en su estómago, el movimiento no cesa jamás, pero ella permanece impasible.

Tomamos impulso y como único accidente geográfico del camino, descendemos por el Emigdio Pinasco. Disfruto el descenso a velocidad, el aire fresco después de la lluvia, el recuerdo de los primeros años cuando la rutina era aventura de cabecera a cabecera, el recorrido siempre nuevo.

En Alberdi ya casi no quedan pasajeros. Gorriones despavoridos vuelan en todas direcciones mientras mis ruedas irrumpen en su baño de inmersión y salpican las veredas. En unos minutos, estaré descansando cerca de donde las personas descansan para siempre, para volver a empezar un camino más y un camino menos. Como uno más entre todos, siempre presto a servir.