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miércoles, 27 de enero de 2010

Dalila y yo



Hoy nació mi nieto. Quizás fue ayer, pero hoy me avisaron. Me llamaron esta mañana, los vi en la pantalla del celular, mi hijo, mi nuera y el bebé enrollado en una manta blanca. Le pusieron Cirilo, pobre criatura, supuestamente en honor al segundo nombre que me estamparon en el documento y que nunca jamás usé ni usaré. Dicen que es parecido a la madre, como si los niños recién nacidos no fueran todos iguales. Fue por cesárea, pesó tres kilos y seiscientos gramos. Ya se prendió al pecho materno, que da buena leche, hizo su primera caquita, está sano, están todos contentos. Mejor así. Ahora son una familia.
–¿Qué vas a hacer hoy, viejo? –preguntó Manuel.
–Nada. Vamos a ir al mercado y creo que después saldremos a dar una vuelta en bici por la costanera. Hace un día hermoso –le dije mientras miraba por la ventana del patio y Dalila me ladraba pidiéndome para salir a pasear.
Me miró con una sonrisa, se abstuvo de reiterar su absurda recomendación de que no ande en bicicleta a mi edad, y a pesar de que sólo dijo un qué bien apenas relentecido, noté que había modulado a un tono más nostálgico, quizás añorando lo que tanto despreciaba cuando se fue.


Pongo la cucaracha a barrer el piso, leo las noticias del día y salgo con Dalila para el mercado a comprar algunas frutas y verduras.
La ciudad está muy tranquila. Puedo escuchar un dúo para gaviotas y oleaje del mar rompiendo contra los acantilados como si estuviera sobre su cima.
Miércoles. En la calle hay algunas viejas yendo hacia el mercado del Boulevard Urquiza y yo. Pienso en mi lista de compras, zanahorias, berenjenas, papas, rabanitos, tomates, naranjas, mandarinas si no son muy artificiales, mangos si encuentro, kiwis, bananas, huevos y balanceado para Dali.
Sargento Cabral, soldado heroico, ni te imaginás lo que es el Campo de la Gloria.
Camino despacio, Dalila se detiene caprichosa en cada árbol, lo olfatea, le pega la vuelta, hace un meo chiquitito y sigue. Esta perra tiene el meo dosificado para parar en cada árbol de Sargento Cabral hasta que lleguemos al mercado.
Un zumbido finito atraviesa el aire a mi costado como una flecha. La cana. Dalila se queda mirando hacia arriba hasta que el vehículo gira para el oeste y desaparece tras el edificio de la ONU.
En la rotonda de Urquiza y Sargento Cabral, Dali sale disparada como cuete hacia un grupo de siete u ocho niños. La acarician, ella mueve la cola, le tiran un palito, ella hace todo lo que tiene que hacer un buen perro, los nenes se ríen, me ven venir caminando despacio arrastrando el changuito.
–¡Cómo le va, señor! ¿Vino a hacer las compras? ¡Qué linda que está la Dali! –dice una nena volviéndole a tirar el palito, esta vez más lejos.
–Sí, las compras. ¿Ustedes qué hacen acá? ¿Venden algo? –buscando con la mirada entre ellos mientras chasqueo los dedos con la mano a la altura de mi muslo, llamando a Dalila que vuelve desaforada con el palito en la boca.
–Tenemos para vender lechuga, radicheta, rúcula y remolacha que cultivamos en la escuela, ¿quiere ver? –dice un nene abriendo paso entre unos más chiquitos y mostrándome las verduras sobre un tablón.
–Déjela a la Dali con nosotros, mientras usted termina, ¡se la cuidamos, señor! –suplica la nena, acompañada de un coro de por favooor al que se habría sumado la misma perra si pudiera hablar.
Accedo, todos gritan de alegría, la perra salta intentando arrebatarle el palito a un nene que lo sostiene alto en el aire, y sale otra vez como loca tras el proyectil. Sigo mi camino, repaso mi lista. Ya empecé mal, comprando cosas que no tenía pensado comprar.
Cuando estaba mi mujer, ella me escribía la lista para que comprara solamente lo que figuraba en ella. Conocía bien que mi criterio siempre ha sido comprar lo que veo y me gusta, que no necesariamente, y casi nunca, es lo que falta en casa. Pienso en mi mujer recordándomelo. Zanahorias, berenjenas, papas, rabanitos, tomates, naranjas, mandarinas, mangos, kiwis, bananas, huevos, balanceado.
Finalmente, logro completar el changuito con todo lo necesario más las verduras que les compré a los nenes. Al acercarme a la rotonda, Dalila viene corriendo, embaladísima. Intenta saltarme, la freno con un sssss bien firme, se queda quieta, pero mueve la cola como azotándose a sí misma, los nenes me saludan con la mano, Hasta la próxima, me dicen desde lejos, pero yo me acerco.
–Mire, ya vendimos todo –dice uno con una sonrisa tan grande que deja en evidencia que le faltan la mitad de los dientes.
–Qué bueno, cuánto me alegro –sonriendo, ellos están orgullosos. –¿A qué escuela van?
–A la General Güemes –dicen al unísono.
–¿Y quién les da clases de Huerta?
–La señorita María Agostina –al unísono otra vez.
–¿María Agostina Rivero?
–¡Sí! ¿La conoce? –entusiasmados.
Claro que sí. Hubiera sido mi nuera, mi hijo seguiría en San Lorenzo y no tendría un nieto llamado Cirilo.


–Sos muy cabezón. ¿Qué vas a hacer acá, solo, entre los negros? –me había dicho antes de irse.
–¿De qué negros me estás hablando? ¡No me hagas avergonzarme de vos, te lo pido por favor! –le había dicho yo, enfurecido. –No seas inculto, prejuicioso y culo roto. Haceme el favor. Aparte, no sé si lo sabés, acá hay gente que se queda porque quiere, no porque no puede. Yo, por ejemplo.
–¿Y quién más aparte de vos? Viejo no me hagas reír. No seas caprichoso. Este lugar es un infierno. ¿Preferís quedarte con los villeros en vez de irte con tu familia? –había dicho amenazante.
–Vos sabés bien que podrías haber formado una familia acá. Pero preferís irte con la primera que se te cruza en el camino y a eso le llamás familia.
Yo estaba furioso, triste, desesperado. Mi hijo se iba y nunca más lo iba a poder abrazar, besar, o darle una piña en el centro de la jeta cuando fuera el momento. Esa quizás hubiera sido mi última oportunidad.
–A Maria Agostina le rompiste el corazón. Una buena chica, entregada, comprometida en mejorar este lugar. Pero hacés bien. Vos no te la merecés. Andá con esa nerd. Son dos nerds. No tienen ni idea de lo que es la vida, se compran el verso de que allá es mejor. Allá es una poronga, nene. Una poronga.
–¿Qué verso? ¡Te referirás al verso que más de tres mil millones de personas compramos! ¿Ese verso? No seas obtuso. María Agostina es una mediocre y obtusa como vos. Quédense entre los negros. Si no lo podes ver, jodete viejo. Nosotros nos vamos. Tenés setenta años. No vas a tener otra oportunidad.
–Te das cuenta el sorete que sos. El sorete en el que te convirtió esa mierda de mina que te llenó la cabeza. En vez de quedarte con tu padre, e irte después, si quisieras, la próxima.
–No te puedo creer que ahora intentes manipularme con la culpa. Me tendría que haber ido la vez anterior, mamá me había dado la guita, pero yo te tenía miedo y me quedé. Sí, te tenía miedo. Hace quince años que vengo ahorrando para esto, y no voy a esperar otros quince años más. Quedate o vení. Me da lo mismo. Yo me voy.
Y se fue. Antes de tomar el vuelo me llamó, sólo por audio. Le dije Buen viaje, hijo, y él me desarmó con un Viejo te quiero. Sos muy hijo de puta en no acompañarme, pero te quiero. No le pude responder, él escuchó mis lágrimas, yo las suyas, y cortamos la comunicación.


Para ir a lo de Sonia tenía que tomarme dos colectivos. El primero recibió varios nombres, pero, el único por el que siempre me referí a él era 9 de julio. El 9 de julio terminaba el recorrido en la Plaza Sarmiento, donde me tomaba el 146 que venía por calle San Luis o el 107 que pasaba por Entre Ríos. Luego me bajaba en Grandoli y Sánchez de Thompson o en Gutiérrez y Nale Roxlo, caminaba bajo las sombras de las torres alineadas, con los balcones llenos de ropa con colores gastados y remeras de fútbol esperando secarse, perros por todas partes, basura sin recolectar en las calles, cumbia a todo volumen, y cuando llovía, la calle inundada hasta cubrir la totalidad de la vereda, que me obligaba a arremangarme el pantalón y sacarme las zapatillas, pisando sin ver las baldosas rotas y rezando para no pisar ningún cable. Al final de Nale Roxlo, en la intersección con Isola, estaba la Torre Nueve.
Como diría mi hijo, un barrio de negros, el de su madre.
El portero eléctrico de la torre se había descompuesto mucho tiempo antes de que yo conociera a Sonia. Había que esperar que algún vecino abriera la puerta del edificio para poder entrar. Después cuando tuvimos celulares le mandaba un mensajito y Sonia bajaba a abrirme. Parado en la entrada, afuera cuando hacía calor o adentro cuando hacía frío, estaba el hijo de los del A de la planta baja, un chico con un retraso mental pero que saludaba, reconocía a la gente y sostenía una pequeña charla. El padre tenía un Falcon modelo ochenta y nueve reluciente que guardaba en los galpones de Isola. Era un hombre educado, laburador, que desde el principio me miró con ojos de aceptación.
–Sos el novio de la chica de Principi, ¿no? Siempre te veo. No sos como otros pibes. ¿Estudiás? –me había dicho un día. Y me miró con una sonrisa de aprobación cuando escuchó mi respuesta.
Como la familia de Sonia, era de una de las pocas familias originales de la torre. Según el tipo, en su época la Nueve era una de las torres mejor mantenidas. Era cuando todos los vecinos eran familias trabajadoras, pero con educación. Ahora estaba lleno de gente ordinaria que no pagaba los gastos centrales, por decir algo, mugrientos, de cuarta.
Sonia era insegura, pero nadie lo notaba. Si alguien me preguntaba, yo lo negaba rotundamente. No es insegura para nada, es precavida, racional. No se guía por el impulso como muchas minitas, decía yo.
Cuando llegaba a la casa, tomábamos unos mates, charlaba un rato con mi suegra, y nos íbamos a pasear cerca del río, a tomar una cervecita, al cine. Hablábamos todo el tiempo. No existía el silencio entre nosotros, nunca en los cuarenta años que estuvimos juntos. Hacíamos filosofía y psicología barata, a sabiendas, pero nos divertíamos inmensamente. Teníamos teorías para todo, y siempre estábamos de acuerdo.
Cuando ella venía a San Lorenzo, andábamos en bicicleta, íbamos al Campo de la Gloria a tomar mates, y en verano, íbamos al Club Red Star, donde sacábamos la temporada de pileta.
Sonia no parecía rosarina. Una rosarinita hubiera preferido la super ciudad a la mini ciudad industrial. Ella no, ella quiso venir para acá. Lo que más le gustaba era que no había desconocidos. En San Lorenzo todos sabíamos quién era quién.
Yo tenía miedo que el acuariano desapegado me atacara alguna vez, me dejara noqueado, solo, con la ficción de que no necesitaba a Sonia y de que no sentía deseos de estar con ella. La verdad es que la bestia miles de veces se asomó entre los matorrales, agazapada, esperando el momento en el que bajara la guardia, cada vez que estaba solo, disfrutando de mi propia compañía. Pero era sólo ver el contorno de Sonia venir de lejos, escuchar su voz ronca en el teléfono, verla luchar contra su cabello flameante, alérgico al peine, o sentir el aire traer el aroma fresco de crema en su piel, que la fiera se retiraba, cansada. Entonces yo miraba de reojo, la veía vencida, alejándose y me sentía victorioso.
Y ahora que mi compañía no excede de Dalila, y la hiena ríe, inmunda y cruel, quiero atravesarla con un cuchillo, clavarla en una estaca hasta desangrarla, verla sufrir, con los ojos desorbitados, derrotada. No soy feliz, le digo. Nunca podré ser feliz solo. Vos perdiste.

Hace nueve años que mi hijo se fue y dos que llegó a su nuevo mundo. Estuvo siete años viajando por un inmenso mar extraño, hacia una tierra inventada, artificial, desinfectadamente pura. Tierra es una metáfora demasiado generosa. Ahora está mi nieto, quien creerá que esa es su tierra. Le mostrarán fotos, videos, estrictamente seleccionados para que nunca quiera venir ni de excursión.
Nunca podrá comprender quién fue San Martín o por qué Cabral, cubriéndose de gloria, su vida rindió, haciéndose inmortal. ¿Cómo explicarle que allí su arrojo salvó la libertad naciente de medio continente?
¿Cómo explicarle lo que fue un colectivo, un taxi, un tractor? ¿O que entienda lo que eran los FONAVI , como donde vivía su abuela? ¿O que el 146 tenía una línea roja y una negra, ambas con distinto recorrido?
¿Cómo mostrarle que el mar solía ser el río Paraná, que venía de Brasil, que a veces estaba tan bajo que no podíamos meternos de la cantidad de palometas que había y que otras veces estaba tan alto que los camalotes eran una selva flotando a toda velocidad hacia el Río de la Plata?
¿Cómo le van a explicar que huyeron de su Tierra con una mentira, dejando las tareas de barrido, limpieza y remediación en las manos de los negros que no pueden pagar el pasaje hacia el mundo mejor?
¿Cómo le van a explicar que las escuelas, los laboratorios, los hospitales, antes eran fábricas?
Mi nieto podrá aprender a andar en bicicleta, pero nunca sentirá el olor a aire entrando por su naricita esterilizada, ni tendrá que hacer equilibrio con el manubrio por los saltos en las calles de tierra con pozos, con piedras, con pasto que crece por cualquier lado. No va a conocer la maravilla de la naturaleza, ni la basura que fue el ser humano. Se va a creer el cuentito que le digan sus padres, y no voy a estar allí para abrirle los ojos, para llevarlo en el 9 de julio y tomarnos el 107 que va al FONAVI de zona sur, aunque ya nada de todo eso exista, aunque sí exista en mí.
¿Cómo hacerle entender lo que fue el golpe de 1976, año en el que nació su abuelo? ¿Cómo hacérselo entender? Imposible que comprenda. Por más que tenga un DNI que diga “Cirilo Moreno, Argentino”, mi nieto no va a ser argentino. Va a ser cualquier cosa menos argentino.


En mi valija puse el álbum de nuestro casamiento, el DVD del álbum del casamiento, el álbum de fotos de cuando Manuel era chiquito, el Blue Ray con esas fotos, la versión impresa del diario La Nación de hoy y una tarjeta magnética sin usar ni vencer (vencía a los seis meses de su primer uso) de la Municipalidad de Rosario de nueve pesos con treinta del año 2010 que habilita a ser utilizada por seis viajes en el Transporte Urbano de Pasajeros con una imagen del Che Guevara y una leyenda que celebraba el 80⁰ aniversario de su nacimiento en la ciudad de Rosario. En mi celular, me grabé (como pude) andando en bicicleta con Dali por la costanera, en el mercado, hablando con los nenes que venden las verduras, hablando con María Agostina en la escuela, tomando mate mientras se viene una tormenta de la putísima madre en altamar y Dalila empieza a llorar como loca mientras yo me quedo tranquilito filmando el cielo, el mar, a ella, a mí, al cielo, al mar, a ella, a mí. También llevo la escritura de mi casa y el comprobante de la cuenta corriente del banco, todo a nombre de Cirilo Moreno.
No llevo imágenes del caos. Llevo las del pasado remoto y el futuro próximo.
La casa queda vacía, Dalila suelta un último gemido y nos subimos. El chofer toma la valija, acomoda la bicicleta (desarmada, en su funda) en el baúl y emprendemos el vuelo hasta Córdoba.
–Disculpe que lo importune –me dijo minutos antes de llegar –pero nunca supe de alguien tan mayor que decidiera partir. La verdad que lo felicito –dijo el tipo con gesto soberbio.
–Nada que felicitar, querido. Tengo ochenta y cinco años y mi perra tiene trece. Ninguno de los dos va a llegar a destino. Pero si no nos vamos, entonces mi nieto nunca va a conocer su tierra. Porque si es por los padres y por la sarta de boludeces que seguramente le están diciendo, el pibe no va a querer venir acá ni muerto. No me queda otra, viejo, que ir, llegar literalmente muerto con la esperanza que algún día le agarre la curiosidad por saber por qué mierda me fui a morir en el espacio con mi perra, la bicicleta y una valija que nadie habrá abierto, de puro miedo por lo que puse adentro, a ver si hay algo que le abra la cabeza al pibe. Entonces ese día, cuando le pique la curiosidad, a escondidas de los padres, va a revisar todo lo que llevo para él. ¿Y sabes qué? Se va a tomar el primer vuelo para acá ni bien pueda.
Dali se acurruca contra mí, la acaricio, el chofer se queda pensativo, pero no dice nada. Cuando llegamos a la estación, despacha el equipaje y me saluda con un fuerte apretón de manos.
–Buen viaje –me dice– Cuando lo conozca, su nieto va a estar orgulloso de usted.
–Muchas gracias, viejo. Suerte para vos también –le digo mientras me acomodo la campera.
Por primera vez en su vida, a Dalila le engancho la correa en el pretal.
–Tengo miedo que te asustes y salgas disparando para algún lado –me excuso. Ella me mira desconcertada.
Nuestra aventura está terminando.

lunes, 11 de enero de 2010

Asuntos Pendientes


Alicia se detuvo en el kiosco de revistas al ver la tapa del diario El País. Investigadores indagan el homicidio de Juan José Arriaga Hamilton. Siguen la pista de una argentina prófuga delatada. El casero continúa detenido.
Pagó al canillita con los reales que había cambiado minutos atrás en Rivera y se subió rápidamente al ómnibus hacia Curitiba. Sabía que nunca más volvería a ver a Washington. No había marcha atrás.

–No me molesta en absoluto –dijo Ángela, ocultando cortésmente su molestia.
–¿Te parece que no hay mosquitos? –repitió la mujer, mirándole las piernas bronceadas.
–No, señora, estoy segura. Seguramente hay afuera y le ha quedado la sensación – respondió Ángela con una sonrisa, volviendo a colocarse los auriculares para continuar escuchando la música de su MP3.
–Te molesto, querida. Vos querés escuchar la radio y yo te hablo, perdoná – dijo actuando la señora.
Ángela aseguró que no le molestaba, y para demostrarlo guardó los auriculares, apagó el MP3 y lo guardó en la cartera.
La mujer estaba divorciada desde hacia treinta años. Tras encontrar al marido con una vecina, se fue con sus dos hijos a la casa de sus padres, para nunca más volver. Estaba arrepentida de no haberlo perdonado. Ángela notó que la señora se refería a su ex marido, como su marido. Había estudiado una serie de oficios que le ayudaron a ganarse unos pesos a lo largo de su vida, pero fue siempre su padre el que se encargó de la manutención de sus hijos.
Ángela pensó en preguntarle el nombre, pero luego se contuvo. ¿Para qué hacerlo, si no le importaba en lo más mínimo?
Actualmente vivía sola y se encontraba triste. El único que la iba a visitar era el nieto mayor, algunos sábados a la mañana y hasta el lunes, cuando venía a buscarlo su padre, el hijo de la mujer, para llevarlo a la escuela. La señora empezó a relatar lo que hacía con el nieto esos fines de semana. Ángela quiso acotar algo, recordando algunos momentos de su infancia, pero la mujer no hizo silencio ni un instante para escuchar lo que le quería decir. Aunque lo notó, de pura bronca no detuvo su relato.
Luego de veinte minutos en los que la vieja no paró de hablar, ésta era la primera vez que Ángela quería decir algo. Se puso firme en decirlo, forzando a la mujer al silencio. Finalmente lo hizo, encontrando su mirada con la de Ángela luego de varios segundos en los que las dos hablaron al unísono.
Ni bien terminó de contar brevemente cómo su abuela le había enseñado a bordar en punto cruz, la mujer le hizo una sonrisa, y sin preguntar ni comentar nada sobre el relato de Ángela, siguió con el suyo.
“Una locura. No hablo más. Que la vieja hable todo lo que quiera”, pensó Ángela.
El nieto no la dejaba ver Crónica, ni podía prender la AM temprano a la mañana porque el nene dormía, tenía que cocinarle carne, cosa que ella nunca hacía, se la pasaba con los jueguitos electrónicos y se resistía a hacer la tarea. El chico la sacaba de quicio. En resumidas cuentas, a la mujer no había nada que le viniera bien. Le molestaba que el nieto la fuera a visitar, pero también le molestaba que nadie la fuera a visitar. Así como que hizo bien en separarse del marido infiel, aunque debería haberlo perdonado porque fue el único hombre que amó, pero como él nunca intentó recuperarla, ella no movió ni un dedo. “Una vieja complicada”, pensó Ángela.
Luego le contó que se bajaría en Plaza Italia para tomarse el 141. “Cagamos”, pensó Ángela. Ella había pensado hacer lo mismo, pero cambió de planes inmediatamente. Al acercarse a Puente Pacífico, la saludó amistosamente, le deseó felicidades y la señora le agradeció por su amabilidad.
–Sos un encanto –le dijo mientras Ángela se dirigía al fondo del ómnibus a tocar timbre.
Le sonrió, pensó en decirle “Igualmente”, pero se abstuvo de mentirle. Bajó del 152, caminó hasta Cerviño, y entonces divisó al 36 que se acercaba. Apurada, le hizo señas para que se detuviera, y se subió sin ver que no era la línea B, sino la A.

–¿Estás seguro de que nadie te reconoció al salir?
–Nadie me vio.
Pensativo, el abogado se frotó la barbilla.
–Bueno, entonces está bien. Cualquier cosa, yo te mantengo al tanto. ¡Pero qué huevón que sos, Colorado! –le dijo el abogado con una palmada en el hombro. Colorado le agradeció con una sonrisa.
La camarera se acercó con los dos cortados y las cuatro medialunas saladas que habían pedido.
–¿Tenés algún diario? –le preguntó Colorado.
–Clarín y La Nación –respondió la chica mientras apoyaba las cosas sobre la pequeña mesa del bar.
–Clarín –solicitó Colorado al mismo tiempo que su abogado pedía La Nación.

En el free shop de Buquebus, Colorado se preguntó si la chica estaría despertando. Compró cigarrillos para él, un Carolina Herrera para Alicia y un Tommy True Star para Washington, ambos de cien centímetros cúbicos.

La mucama golpeó la puerta del dormitorio por tercera vez, pero no se preocupó. Bajó hasta la conserjería, sin apuro.
–En la 324 no contestan la puerta –le dijo al encargado, apoyando el codo en el mostrador y su cabeza en la mano.
El encargado levantó el teléfono para llamar una vez más a la habitación. Nada. Ya eran las once de la mañana, y deberían haberla entregado antes de las diez. Consultó la bitácora. La noche anterior a las once y cuarto había ingresado una pareja, Ricardo Juárez y señora. Habían pagado la habitación por adelantado. El encargado dudó.
–Probá otra vez, pero esta vez golpeá más fuerte –le indicó secamente a la mucama.
Más tarde llamaría al cerrajero para violentar la puerta.

Cerca del mediodía, Colorado estaba conduciendo por la Interbalnearia. Había intentado comunicarse desde el barco con el casero, pero nadie respondía. Intentó nuevamente, esta vez con éxito.
–¿Qué tal, Don Juanjo? ¿Cómo le va? Acá un día imponente. ¿Por dónde anda? –le dijo alegremente el casero– Estaba podando las hortensias, no escuché que llamaba el teléfono.
–Voy a estar llegando sobre las dos. Dígale a Alicia que me prepare el dormitorio y acomode un poco la casa. ¿Solucionó el cortocircuito de la galería?
–Sí, están todas las luces funcionando perfectamente; incluso la del farol de adelante, que andaba jorobando. Lo esperamos, Don. Va a ver qué hermoso está el chalet.
Colorado guardó el celular uruguayo en un bolsillo del saco y sacó el argentino. No había llamadas perdidas, ni mensajes de texto. Pagó los cuarenta y cinco pesos del peaje y siguió hacia Punta del Este.

Al ver la escena, el encargado frenó a la mucama y al botones que intentaron entrar en la habitación. La joven no mostraba signos de agresión física, y no se advertía nada fuera de lugar en la habitación. Sin embargo, algo le había ocurrido. Se acercó, le tomó el pulso.
–Está viva. Germán, llamá a la ambulancia. Urgente –le indicó al botones con gesto firme.

Ángela sintió pánico como un dedo punzándole el plexo solar. El colectivo apagó el motor y las luces. Ella se paró, nerviosa, le preguntó al chofer qué sucedía. Por un momento pensó que estaría a punto de ser víctima de un asalto.
–Terminó el recorrido, –dijo el chofer con una sonrisa serena– ¿a dónde tenés que ir?
–¡Al Puente La Noria! –respondió agitada.
–Allí te deja la línea B. Ésta es la A.
Sin saber en qué lugar de La Matanza estaba, salió disparada del ómnibus y corrió sin saber hacia donde, hasta que vio las luces de un taxi que se detenía a unos metros.
–Está tomado –le advirtió el chofer del taxi, señalándole a una persona que se acercaba.
–¿A donde vas? ¿Podemos compartir el taxi? –le suplicó ella, tomando por sorpresa al hombre que lo había solicitado.
Él la miró y sonrió.
–¡Cómo no, Angi! –dijo él clavándole la mirada en sus ojos atónitos e indicándole con un ademán que suba antes que él.

Ángela lo miraba y él sonreía. El chofer aguardaba instrucciones sobre a dónde conducirlos.
–Gorriti y Acuña de Figueroa –dijo él.
Ángela lo miraba y no salía de su asombro. La última vez que lo vio fue un par de meses luego de terminar la facultad. Lo recordaba bien. Fue la única vez que estuvieron juntos, en un hotel de mala muerte cerca de la casa de él.
Ángela siempre se había sentido atraída hacia él, pero hasta esa ocasión, nunca pasó más que de un coqueteo histérico mutuo.
Él se había ido a Inglaterra a hacer un master, y ya no supo nada suyo. Hasta ahora.
–Estás hecha una pendeja –le dijo él con ojos lujuriosos mirándola de arriba abajo.
Ella se sonrojó como una adolecente.

–¿Estás casado? –dijo ella como al pasar.
–Sí –dijo él, mintiendo.
Ángela había notado la alianza en su anular izquierdo. No es que le importara que estuviera casado, simplemente quería saberlo.
Juanjo nunca se casó. Usaba la alianza de su padre desde hacía varios años. Desde entonces le resultaba mucho más fácil llevar a la cama a las mujeres.

Rozó todo el contorno de su cuerpo desnudo con la yema de un dedo. Ella giró y se llevó una mano al pubis.
–La nena pide más –dijo mientras mordía sugestivamente el dedo índice de la otra mano.
–Cómo me gusta consentirla –murmuró el.

En la sala de guardia, dos médicos, un hombre y una mujer, asistían a Ángela.
–No sé cómo me hice esos moretones. No me los había visto antes –explicó ella con mucha dificultad.
–¿Alguien te golpeó? –dijo la médica tomando notas en su cuaderno.
–Nadie que recuerde.
Los médicos dudaban.
–Te sacamos sangre y lo enviamos al laboratorio cuando aún estabas inconsciente. ¿Recordás haber ingerido alguna sustancia que haya provocado tu descompensación?
Ángela lo miró suspicaz.
–¿Bebiste alcohol? ¿Ingeriste drogas? –puntualizó la doctora.
Ángela había tomado varias copas de champán, y había aspirado algo de cocaína. Juanjo le había dado algo más que ella desconocía. Había partes de la noche que recordaba como flashes. No podía asegurar nada.
–Algo puede ser – dijo ella lentamente.
–¿Alcohol o drogas?
–Creo que ambos. ¿Estoy en problemas?
–Depende –dijo el médico, mirando a su colega– Nuestra obligación en casos como estos es avisar a la policía. Pero vamos a esperar los resultados del laboratorio.

Washington llevaba una bandeja con un vaso de Fernet con Coca Cola y una pequeña tabla con queso y salame cortados. Pisaba el césped mullido con sus sandalias nuevas, regalo de su patrón. No sólo le pagaba un buen sueldo y le daba la hermosa casa donde vivía con su mujer, sino que varias veces al año le obsequiaba algún presente sin razón alguna. El matrimonio de caseros estaba muy agradecido con él.
Apoyó la bandeja en una mesa de jardín, cercana a donde estaba sentado su jefe.
–Washington, necesito un gran favor. Es algo muy importante para mí, y es fundamental contar con tu discreción, incluso con Alicia.
–Me extraña, Don Juanjo. Usted sabe que le soy fiel. Lo que me diga, lo hago.
–Gracias Washington, sabía que podía contar con vos. Es sólo que este no es un favor como cualquier otro. Necesito estar seguro de que lo que te voy a pedir quede entre vos y yo. ¿Puede ser?
–Diga usted no más –le contestó el casero con gesto serio.

Ángela se comía las uñas, nerviosa.
–Tiene un testigo que afirma que el cerdo no se encontraba en el país. Utilizó preservativos, empleó un nombre falso al contratar la habitación del hotel, nadie lo vio salir y encima lavaron todas las sábanas casi en el mismo momento en el que te trasladaron al Hospital Italiano. Es imposible probar nada.
La abogada tenía razón. Ángela no tenía forma de probar que había sido drogada y violada por un antiguo compañero de la facultad, con quien además había tenido relaciones quince años atrás.
– Está más limpio que Carozo y Narizota. No está en el Veraz, nunca se atrasó en el pago de la jubilación, nunca le hicieron una multa, nada. Es un ciudadano ejemplar. Para peor, es ciudadano uruguayo, y no cualquiera. Mientras esté allá, es intocable. Toda su familia está vinculada a la política y a la diplomacia.
–Retirá la denuncia –dijo Ángela abatida – Ojalá algún día encuentre la manera de cobrármela. Hijo de re mil puta.
Sabía que si esperaba el tiempo suficiente, algún día la encontraría.