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lunes, 1 de diciembre de 2008

Hace seis años - Hora cero 2

Hace seis años, un día gris y fresco como hoy, extraño para un primero de diciembre, volví a casa luego del mayor fenómeno natural que le puede ocurrir a una mujer.

Cuando pienso en la persona que, como se dice, me hizo mujer, no puedo pensar más que en esa personita que amo tanto, mi princesa. Ella me hizo mujer, y ella fue, quien inspiró este relato que sigue expresando de la misma manera el sentir de ser mamá, Hora Cero.

Porque no soy de Independiente, y no me gusta el fútbol, quiero aclarar que mi princesa, que descansaba plácidamente a pesar de los bombos y los cantos en la esquina de casa, fue quien ha perpetuado en mi memoria ese hecho, con el que sólo compartía el festejo, aunque el mío era silencioso y adorablemente Dependiente.

Lo reitero en este post.



Ya es lunes, y ayer salió campeón Independiente. Nunca lo olvidaré.

Quedan unos pocos bombos sonando con cantos perdidos en la calle. La tarde emborrachó de rojo a espíritus dormidos en la triste espera. Una espera más larga que el recuerdo. Hoy la sangre corrió con ese torrente de roja pasión, en baile, coro y llanto.

La mayor alegría es la inesperada, la que se teme sentir, por miedo a nunca encontrarla. Y hoy hubo un campeón que despertó de su letargo en este pueblo. Un pueblo absorbido por la ciudad grande vecina, inundado de mugre fabril, olvidado en un pasado de historia y orgullo.
Historia y orgullo tapados.

Me asomo entre las cortinas del balcón. Borrachos literales siguen deambulando. Los simbólicos ya están guardados con sus corazones llenos. Imagino.

La esquina comienza a despejarse, quedan los papelitos volando con el pasar de los últimos autos.
El calor ya pasó, pero aún sigue templando el fresco de la noche que sería aún más fría.

Corro la cortina. Pero decido no ir aún a la cama. Para saborear un poco más las sensaciones.
Ahora que se fue la gente, que estamos mi corazón y yo, vamos a disfrutar solos. Respiro.

Dos días atrás entendí la teoría de cómo sería sentir esto. Creí vivir la magia de antemano. Sufrí en el medio, pasé un infierno de hielo seco en las venas. Y al final, el premio mayor. Una experiencia imposible de transferir.

Después de tantos años de vivir encadenada a esperanzas y frustraciones, surgió una promesa. Una semilla en tierra fértil.

Jamás olvidaré a Independiente campeón, vibrante en las calles, con el rojo burbujeando por la piel. La locura, el gentío, el tiempo vertiginoso que parece congelarse, en cámara lenta, irreal. Y la nueva sensación.

Me veo en mi camisón abotonado para amamantar, recostada como puedo en mi sillón rojo ultra moderno, pero no me siento ultra moderna. Me siento ultra mujer.

El sábado, antes de la última contracción, Tito me había dicho “¡Dale que en la próxima nace!”. Como si no lo hubiera sabido desde antes, sólo en ese instante caí en la cuenta que mi nena nacería porque yo habría de pujar, ese día, a esa hora. Desde entonces que estoy en tiempo frenado.

Desde una ventana, mirando la sucesión de caras y sonrisas, flores, llantos y besos. Un cordón que se cortó. Una niña y yo.

“Olvidate de dormir. Se te terminó la libertad.” Me dijeron.

Creí interpretar esas palabras de un modo. Pero ahora, que no deseo dormir, ni deseo libertad, entiendo lo que significa.

“Siempre estarás despierta. Estarás atada a esta niña toda tu vida.” Me dije.

La casa me recibió con otro aire, otro color en las paredes. Cada cosa en cada lugar pidió permiso para festejar y ya nada estaba donde lo había dejado. Bello caos triunfante.

Ya todos se fueron. Las cosas están donde quedaron. Me siento inundada por el universo entero, olvidada de mi identidad. Borracha por sorpresa de amor. Mi espíritu, despierto como nunca.

Escucho a mis venas corear, mi cuerpo festeja. Ha hecho historia.

Y mi pecho se expande de rojo.