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jueves, 28 de agosto de 2008

Cama sin hacer

Decime algo lindo así sueño con vos.

Por las tantas cosas lindas que siempre te digo.

Sueño con vos bajo el sol de Bolivia, te llevo en mi mochila, entre la ropa arrugada, en la caja de la camioneta que nos levantó en el camino.

Río mientras cierro los ojos, los extraños me miran, pero ya se están acostumbrando a mí. Quizás pueda compartir el secreto con ellos, quienes me toleran como a un viejo familiar incorregible.

Tu mano me tapa la cara, tu cuerpo se hace a un lado, reís, me insultás, veo nuestros cuerpos en el espejo.

Decime algo lindo, que estoy soñando con vos.

La pick-up salta en el camino de ripio, se oyen las chapas viejas crujir. Beso tu nuca, sin correr tu cabello. Tu aroma a piel fresca me adormece. Siento el sabor de tu boca. Te pido casamiento de memoria.

El sol arde, con las chapas; yo floto en un lago dentro tuyo. Navego sin destino, sin querer jamás llegar a alguno.

Nunca hicimos nuestra cama, como presagio para revisitarla incansablemente en sueños. La cama siempre nos espera, ilusa, medio deshecha y a medio hacer, invitándonos a volver.

Las ruedas siguen abriéndose paso entre las piedras, la tierra vuela, como estela de una barca matunga. El aire caliente me azota el rostro ya curtido a fuerza de insistir en este clima cruel.

Un clima que sos vos, agitando impiedad pura sobre mí.

domingo, 24 de agosto de 2008

Mate recién curado

“Buenos días, ¿hablo con la señorita Anabel Jiménez?” Con ella hablaba.

“Mi nombre es Roberto Giordano, me comunico con usted para informarle que ha salido favorecida en el sorteo de un Ford Ka cero kilómetro. ¡Felicitaciones Anabel!” Obviamente me estaba cargando.

Hacía un mes que estaba con la quimioterapia, y evidentemente no frecuentaba la peluquería. Muchísimo menos la de Roberto Giordano, cuya tarifa por el corte del pelo que ya no tenía, quizás excediera los medicamentos que me lo hicieron caer en primer lugar.

En última instancia, suponiendo que hubiera ido a la peluquería y hubiera participado en el sorteo por el auto, ¿qué chances tendría de ganar? Y aún en ese caso, ¿qué chances tendría que el mismísimo peluquero estrella me llamara para informármelo?

“¿Usted se compró una plancha en el último mes?” Este tipo seguía tomándome el pelo. Valga la ironía. ¿Para qué querría yo una plancha de pelo?

Le corté. Estaba furiosa.

Tenía 20 años recién cumplidos y hacía 45 días me habían extraído un tumor de glándula pineal que me descubrieron por gracia de la providencia luego de unas fuertes jaquecas que sólo podía atribuir al stress previo a la época de exámenes.

Si había algo que no necesitaba en ese momento era un gracioso con tiempo libre y ganas de gastar dinero en llamadas telefónicas.

Encendí un cigarrillo. Lo apagué sin siquiera darle una pitada.

Cargué la pava con agua y la puse al fuego. Saqué el mate de palo santo recién curado de la alacena, le puse yerba, unas cascaritas de naranja y un poco de azúcar. Me senté en la mesa de la cocina a esperar que el agua tomara la temperatura justa.

Y sobre la mesa, la caja de la plancha ATMA que mamá había comprado sin que lo supiera. Un calor me recorrió el cuerpo. Una alegría inesperada.

El teléfono volvió a sonar. Seguro que era Roberto Giordano.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Creo

En la espiral de cuentas
por cobrar y pagar
los cheques diferidos
y los sin fondos.

En las esperas
en salas sin revistas
(ni música, ni tele).

En las esperas sin anestesia con una promesa.

Y creo,
por sobre todo lo demás,
en la libertad de inventar nuestro pasado
de sobrevivir nuestro presente
y de sonreir cuando queramos
a nuestro futuro revivido hasta el cansancio.

Sábanas negras

El destino no tuvo mejor idea para tu luto, que regalarte una cama vestida con sábanas negras. Sábanas negras con muy poco luto.

Aún enredada en mis piernas, de las que aún no podés liberarte, por gusto no más, mirás por la ventana. Sonreís, quizás ves los fantasmas en el estacionamiento de abajo. El tuyo y el de quien ya fue.

El viento silba contra los vidrios. Afuera está frío.

Te recostás sobre mi pecho, sentís como se va calmando la agitación. Beso tu cuerpo con las yemas de mis dedos. Suavemente giro, acariciás el mundo de mi espalda, descubrís el tatuaje. Me abrazás y nos cubrimos con las sábanas.

Pienso en que repetidamente ellas te vieron pasar, sin que vos pudieras verlas; las sábanas conspiraron. Porque por mi ventana debería haberte sabido, y ellas callaron, cómplices.

Pensar que buscabas sábanas negras, y las tenía yo, en mi planeta 8C.

El orden, una vez más, te lleva de las narices para ahora traerte arrastrándote hasta mí. Una vez más te da lo que busques, lo quieras o no. Te da aunque no haya razones, y creo que nunca tenés los porques para mis por qués.

Ante los fantasmas, vine con tu marca en mi espalda, y mucho más que las sábanas que buscabas.

Las sábanas dieron la pincelada final al luto. Y con alegría repetida terminaste tu mandala.

Gracias desilusión, por liberarnos de las ficciones.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Seguirá

Quisiera pensar que todo seguirá.
Que seguiremos.
Quisiera soñar que yo cambiaré, yo por todos.
O alguien.

Si pudiera cambiar,
haría caso a los consejos
seguiría los otros pasos
me arrepentiría
dejaría de sentir
de vibrar
dejaría de

elevarme, caer,
morir, nacer,
resucitar.

Todo seguirá,
como sea, pero seguirá.

Aunque no queramos seguirlas,
las rutas están trazadas.
No las sigamos.

sábado, 2 de agosto de 2008

El astronauta

Quedé en llanta. Tras la loma aquella, en el trasero del mundo.

Estaba entre esos dos personajes, bien dispuestos pero fuera de su ámbito de especialidad. Yo en el medio, inútil como buena mujer. Y ellos, gauchos, sacándome del paso.

Te oí venir. Viniste preanunciado por una sinfonía metálica. Me hipnotizaron tus partes extras de vestimenta, cuya función me era imposible descubrir. Había metales colgando por tu pecho, tus caderas, tu espalda.

¿Qué era lo que llevabas en los tobillos? No podía descifrarlo.

Mi mirada te frenó. Me hablaste, pero yo seguía escudriñando cada rincón de tu indumentaria. Creo que me reí, un poco, y luego seguiste tu camino con muchos clanks y una sonrisa.

Los pobres tipos seguían renegando en vano. Yo mientras, pensaba si preparar torta, licor de naranja o budín inglés para traerles en agradecimiento. No por su eficiencia, sino por su empeño.

Al cabo de una hora, o más, desde atrás, como un pasaje musical Wagneriano, te sentí volver. Hablando desde lejos. Haciendo una broma y una sugerencia.

En un pim pam pum solucionaste el conflicto que tenía en danza a los dos infelices, reprendiste mi desconocimiento, me enseñaste a hacerlo, y lo hiciste.

Me gustó tu voz, la música de la llamada que no atendiste, tu extraña elegancia, tu masculinidad estilo MacGiver, todo.

Cuando te pregunté tu nombre, y si te gustaba el budín inglés, me dijiste que preferirías otra cosa.

Reí, pero sabía que cuando volviera, llevaría dos presentes comestibles, y otra cosa más.