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lunes, 21 de julio de 2008

La borracha y la dama del caniche.

Mariana tenía más alcohol del que había calculado.

Ya sé que no sirve que explique por qué le dio semejante graduación en la prueba de alcoholemia. Sé que no sirve decir que se sentía menos borracha que en otras ocasiones.

Pero es peor decirlo, y no quiero arruinar su buena reputación.

Quisiera decir a su favor, que una vez en la que estaba totalmente mareada, lengua arrastrada, visión reducida, pasó la prueba con un sobrecito de azúcar que le habían dado instantes antes de exhalar.

Pero sería peor, y no quiero destruirla.

Entiendo que cada palabra que agregue empeoraría su defensa, así que no diré más. Porque mi relato no nace del despecho, sino del derecho.

Le llevaron el auto, a dos cuadras de llegar a la casa de Elina, su amiga con quien compartieron la salida, la noche del día del amigo. Ella había tomado mucho más que Mariana, pero como bien le puntualizara, ella no manejaría.

Caminaron hasta la casa de Eli, indignadas. Su amiga la aleccionaba sobre los papeles que deberían preparar para buscar el auto al otro día, sobre lo que tenían derecho a exigirle y lo que no. Ella la escuchaba, cabeza gacha, mientras enviaba un mensaje de texto.

“¿A quién le estás escribiendo?”, le preguntó. Mariana le contestó, y Elina hizo una mueca.

Llegaron a su casa, se pusieron los piyamas y Mariana durmió. Elina le diría más tarde que casi no pudo dormir de la preocupación.

Tres horas después, se despertó con el sonido de la ducha abriéndose en el baño. Comprendió que Eli ya se había despertado. Instantáneamente Brenda saltó a su cama y, ante su asombro, se metió bajo las sábanas para quedar acurrucada entre sus pies.

Ya eran las nueve y media.

Se vistieron, salieron a la calle las tres, Elina, Brenda y ella, a sacar las fotocopias que deberían llevar al corralón; el seguro, la tarjeta verde, su cédula de identidad, su carnet de conducir, la patente del auto. Pocos kioscos abiertos y varias cuadras le sirvieron a Brendita para hacer más necesidades de las que tenía.

Y ni un taxi. A la madrugada habían asesinado a otro taxista. Así que había una especie de paro. Cuarenta minutos esperando.

Al llegar al corralón, había unas diez personas sentadas en la sala de espera. Se anunciaron y al ser recibidas, entregaron los papeles que traían preparados. Todo en orden. Las invitaron a pasar al estacionamiento de los automóviles incautados para realizar la revisión técnica de su auto. Controlaron las luces de stop, los guiños, la baliza. Encendió el motor. Todo bien.

Volvieron a la oficina, les indicaron que esperaran en la sala de espera y que retendrían su licencia de conducir por quince días como mínimo, incluyendo ese día, con lo cual no podría salir manejando.

Eso además de pagar una multa equivalente al veinticinco por ciento de mi salario.

Con Elina con su carnet vencido, Brenda sin saber conducir, y ella inhabilitada para hacerlo, la única opción que tenían era llamarme. No sabían que esa altura yo había dormido aproximadamente unos treinta minutos después de la fiesta de diez horas que había tenido.

Por supuesto no les contestaba el teléfono. Mariana entró al despacho de la jueza a terminar los papeles, y quedó su amiga intentando desesperadamente comunicarse conmigo.

Ya habían pensado que de no ubicarme no quedaría más remedio que llamar a quien había recibido (y contestado) su mensaje de texto a la madrugada.

Terminado el asunto con la jueza, cuyo resultado fue, tal como les habían anticipado, su licencia de conducir retenida y la multa a pagar, quedó hecho el registro en los cómputos de todo el país que desde ese día, para todo aquel que consultara, ella sería una conductora irresponsable que bebe cuando conduce. De reincidir le retendrían el carnet por un lapso de entre uno a cuatro años, y una multa entre 100 y 200% superior a la que debía pagar en esa ocasión.

Como entre sueños, oí por primera vez mi teléfono sonar. Luego me dirían que esa fue la llamada número veinte. Sin entender dónde estaba, ni quién me llamaba, me indicaron que de modo urgente debía ir al corralón municipal a buscar a mi hermana, quien estaba inhabilitada para conducir por haberlo hecho en estado de ebriedad.

Me causó mucha gracia la noticia. Mariana es una profesora de geografía, madre soltera de un hijo. Si bien es una bebedora social regular, nunca había estado en una situación como esa, que es mucho más esperable en mi vida que en la de ella.

Al llegar al corralón, luego de varios minutos esperando un taxi que tardaría en aparecer, caminando como podía, mirando entre las pestañas de los ojos que apenas podía abrir, vi muchas personas en la sala de espera; mayormente hombres, y una mujer de aproximadamente la edad de mi hermana con un perro caniche a upa. Primero me pregunté quién sería esa loca que fue a buscar el auto con el perro, pero luego, al mirarme y levantarse para saludarme, comprendí no sólo que yo debería conocerla, sino que estaba con mi hermana.

Obviamente, me dije: loca uno y loca dos.

“Vení por acá”, me dijo. “¿Vos estas bien? Porque tenés que manejar.”

“Por supuesto”, le dije mintiendo, con cierto delay entre los fonemas. Nunca en mi vida me había sentido en peores condiciones para conducir.

Alguien abrió una puerta, era un hombre bajito de anteojos que hablaba rápido. Mariana me saludó, y creo que se dio cuenta inmediatamente de mi estado, por su mirada con los ojos tan abiertos, quizás queriéndome decir que no abriera la boca.

En un momento en el que el tipo de anteojos, quien seguía hablando, giró dándonos la espalda, Mariana frunció la nariz abriendo aún más los ojos, y me dijo por lo bajo “Boludo!”, con una “u” muy larga.

“¡¿Que?!”, le dije, simulando no comprender a qué se refería.

Luego se referiría a ese “boludo” como la expresión que le saldría al experimentar mi tsunami alcohólico cayendo sobre su sentido del olfato y el de todos los presentes en esa oficina.

Como en un teatro del absurdo. Todos sabían que yo conduciría, sin que alguien pudiera evitarlo. Borracho, pero supuestamente sobrio.

Me hizo jurar que no contaría a nadie sobre este asunto. Y he cumplido mi palabra hasta hoy.

Qué pena que no pudo pagar el precio de mi silencio.

miércoles, 16 de julio de 2008

Es luz

vendedora de pastelitos
vendedora de pastelitos,
originally uploaded by MariuquiM.
Es la luz por la ventana
las hojas frescas
el rocio
la hierba

un atardecer tras la montaña
tu cabello al viento
tu risa loca

tu alegría en la mañana
o tu mal humor

tu mano en mi piel
mirada intensa
llanto suplicante
labios suaves sobre mi boca

tenerte contra mi pecho,
reír juntas

inventarte una canción
para dormir la siesta

jugar en la arena fresca
del río

bailar
verte andar tambaleando

oirte
cantar
balbucear
decir “mamá”.

martes, 15 de julio de 2008

Pronósticos y sorpresas

Nunca sorprendiste a mis pronósticos, pero me sorprendiste a mí.

Creo que cuando me fui, hecha una furia, loca, herida de muerte por una astilla, estaba cumpliendo tu pronóstico. Y al hacerlo, te sorprendí.

Esperé que vinieras con tu ambulancia a mi rescate. Pero te quedaste, con tus cigarrillos porfiados y tu fuerza centrípeta, que esa vez me eyectó.

Y nos quedamos cada uno con todos los pronósticos cumplidos, una astilla en el alma y un tornado interior.

Cambiando pronósticos en sueños y esperando sorpresas que no vendrían jamás. Hasta que llegue el día.

domingo, 6 de julio de 2008

Hora Cero.

Ya es lunes, y ayer salió campeón Independiente. Nunca lo olvidaré.

Quedan unos pocos bombos sonando con cantos perdidos en la calle. La tarde emborrachó de rojo a espíritus dormidos en la triste espera. Una espera más larga que el recuerdo. Hoy la sangre corrió con ese torrente de roja pasión, en baile, coro y llanto.

La mayor alegría es la inesperada, la que se teme sentir, por miedo a nunca encontrarla. Y hoy hubo un campeón que despertó de su letargo en este pueblo. Un pueblo absorbido por la ciudad grande vecina, inundado de mugre fabril, olvidado en un pasado de historia y orgullo.
Historia y orgullo tapados.

Me asomo entre las cortinas del balcón. Borrachos literales siguen deambulando. Los simbólicos ya están guardados con sus corazones llenos. Imagino.

La esquina comienza a despejarse, quedan los papelitos volando con el pasar de los últimos autos.
El calor ya pasó, pero aún sigue templando el fresco de la noche que sería aún más fría.

Corro la cortina. Pero decido no ir aún a la cama. Para saborear un poco más las sensaciones.
Ahora que se fue la gente, que estamos mi corazón y yo, vamos a disfrutar solos. Respiro.

Dos días atrás entendí la teoría de cómo sería sentir esto. Creí vivir la magia de antemano. Sufrí en el medio, pasé un infierno de hielo seco en las venas. Y al final, el premio mayor. Una experiencia imposible de transferir.

Después de tantos años de vivir encadenada a esperanzas y frustraciones, surgió una promesa. Una semilla en tierra fértil.

Jamás olvidaré a Independiente campeón, vibrante en las calles, con el rojo burbujeando por la piel. La locura, el gentío, el tiempo vertiginoso que parece congelarse, en cámara lenta, irreal. Y la nueva sensación.

Me veo en mi camisón abotonado para amamantar, recostada como puedo en mi sillón rojo ultra moderno, pero no me siento ultra moderna. Me siento ultra mujer.

El sábado, antes de la última contracción, Tito me había dicho “¡Dale que en la próxima nace!”. Como si no lo hubiera sabido desde antes, sólo en ese instante caí en la cuenta que mi nena nacería porque yo habría de pujar, ese día, a esa hora. Desde entonces que estoy en tiempo frenado.

Desde una ventana, mirando la sucesión de caras y sonrisas, flores, llantos y besos. Un cordón que se cortó. Una niña y yo.

“Olvidate de dormir. Se te terminó la libertad.” Me dijeron.

Creí interpretar esas palabras de un modo. Pero ahora, que no deseo dormir, ni deseo libertad, entiendo lo que significa.

“Siempre estarás despierta. Estarás atada a esta niña toda tu vida.” Me dije.

La casa me recibió con otro aire, otro color en las paredes. Cada cosa en cada lugar pidió permiso para festejar y nada estaba donde lo había dejado. Bello caos triunfante.

Ya todos se fueron. Las cosas están donde quedaron. Me siento inundada por el universo entero, olvidada de mi identidad. Borracha por sorpresa de amor. Mi espíritu, despierto como nunca.

Escucho a mis venas corear, mi cuerpo festeja. Ha hecho historia.

Y mi pecho se expande de rojo.

jueves, 3 de julio de 2008

Se te cayeron


Se te cayeron los colores.

Estás humo, niebla
no arco iris, no tesoro
no prisma
ni luz.

Y yo, quedé noche y estrella,
puro sueño y dolor.

Azul.